domingo, 31 de mayo de 2020

21. Café con Rezso Seress (1889-1968)





 
Cuenta la leyenda que todo el que escucha esta canción acaba con su vida, tal es la tristeza que provoca su melancólica melodía y su depresiva letra. 

Semejante barbaridad circulaba por los periódicos de los años treinta a raíz de algunos suicidios en los que aparecía la partitura de esta canción en los bolsillos de algunos de ellos. Una posible explicación es que esta canción era muy popular en los años de la gran depresión y es normal que en esa época los suicidios aumentaran.  El caso es que fue prohibida en varios países durante algún tiempo. 

La leyenda también dice que su autor la escribió en París en una fría y triste mañana de domingo de 1932 y se la dedicó a una joven que había conocido y de la que se enamoró perdidamente. La joven, al leer la partitura se cortó las venas y su autor, roto de dolor también decidió acabar con su vida. Pero esta leyenda tampoco es cierta, al menos en parte, ya que no hay constancia de que conociera a nadie en París ni le dedicara la canción, aunque su autor, el húngaro Rezsö Seress, sí acabó suicidándose en 1968, con 79 años, tras treinta años de miserias y pobreza en su Hungría comunista, mientras que en Estados Unidos, los derechos por su exitosa canción se iban acumulando en una cuenta que la sociedad de autores había abierto a su nombre. 

Por estupidez o coherencia política (era un convencido comunista) jamás reclamó ese sucio dinero capitalista con el que se hubiera convertido en uno de los hombres más ricos de su país. 

Es uno de los temas que aparecen al comienzo de la triste película de Spielberg “La lista de Schindler” y cuenta con versiones para todos los gustos. Por supuesto, tanto Billie Holiday como la gran Sara Vaughan versionaron este tema de manera genial, pero a mi me gusta muchísimo el clasicismo elegante de Hildegarde, más parecido a la versión que suena en la película de Spielberg. 

Espero que sólo os provoque, como a mí, sentimientos de placentera calma, en este domingo gris, lluvioso y algo fresco, más otoñal que propio de la primavera en la que estamos. 

La letra de esta versión es una traducción prácticamente literal del húngaro al inglés, realizada en 1936 por el británico Desmond Carter, y dice así: 

Triste domingo:

"Con tristeza un domingo esperé y esperé con flores en mis brazos. 
Al sueño que había creado esperé hasta que los sueños como mi corazón, se rompieron. 
Las flores habían muerto y quedaban palabras por decir. 
El dolor que ya conocía iba más allá que cualquier consuelo. 
El latido de mi corazón era una campana que doblaba el más triste de los domingos. 
Así llegó un domingo en el que viniste a buscarme. 
Cargaron conmigo hasta la iglesia y te dejé atrás. 
Mis ojos no pudieron ver al único que quise que me amara. 
La tierra y las flores descansan eternamente sobre mí. 
La campana dobló por mí y el viento susurró “¡nunca!” 
Pero a ti te amé y siempre te bendeciré el último de todos los domingos." 


viernes, 29 de mayo de 2020

20. Café con Gershwin (II)







La primera idea era escribir 24 preludios que unieran la música clásica con el naciente y fascinante estilo del jazz, imitando lo que hizo Johann Sebastian Bach en su libro del Clave Bien Temperado, o Chopin con sus 24 estudios (uno para nota cromática de la escala: 12 notas en tono mayor y otras 12 en tono menor)  pero luego rebajó su pretensión a diez, ocho, siete… Para su estreno, unos meses antes de su publicación, se anunciaban como “seis nuevos preludios para piano” (aquello fue el 29 de noviembre de 1926, en un hotel de Nueva York, junto con una versión a cuatro manos de la Rhapsody in blue). Pero parece ser que sólo interpretó cinco.

 Y finalmente se publicaron sólo tres. Pero qué tres preludios…

La verdad es que tardó más de tres años en decidirse, y eso hizo que por el camino le surgieran otros compromisos para los que aprovechaba algunas ideas tomadas de esos preludios. Unos se convertirían en canciones, otros en un par de piezas para piano y violín, incluso el Concierto en Fa tiene su origen en uno de esos preludios. La verdad es que les sacó mucho partido. Pero al final, sólo fueron tres los elegidos para formar ese magistral trío de preludios que Gershwin dedicó a su gran amigo, el compositor, arreglista y orquestador Bill Daly (el señor con gafitas de la foto) a quien acudía permanentemente para pedir consejo y revisar sus orquestaciones.  Eran amigos desde hacía casi 10 años y aún seguirían juntos otros diez, hasta que una tarde de 1936 un infarto acabó con la vida de su colega, que entonces tenía 48 años. Gershwin, diez años menor, sólo le sobreviviría nueve meses. Como ya contamos ayer, murió de un derrame cerebral con tan sólo 38 años.

Se han realizado muchas versiones y transcripciones de estos tres preludios, pero a mí me gusta especialmente la versión para violín que grabó en 1945 Jascha Heifetz y que podéis escuchar en internet. Os dejo mi propia versión del Preludio 1 de Gershwin. Espero que os guste. 

 


miércoles, 27 de mayo de 2020

19. Café con George Gershwin (1898-1937)







Gershwin se había convertido en el compositor más famoso de Estados Unidos y pretendía escribir la auténtica música americana mezclando el estilo del jazz con la orquestación europea de los clásicos. Así que fue a París a estudiar composición con los grandes maestros. 
Primero intentó que le diera clases Stravinsky, pero se negó. La conversación fue breve: 

Stravinsky: - ¿Cuánto dinero ganó usted el año pasado? 
Gershwin:  - 200.000 dólares, 
Stravinsky: - ¡Entonces soy yo el que debería tomar clases de usted! 

Ante la negativa de Stravinsky lo intentó con Ravel, pero también rechazó darle clases alegando que perdería su genial espontaneidad melódica para tratar de ser un mal imitador de Ravel. 
Así que regresó a América y siguió componiendo canciones con las que ganaba muchísimo dinero. Era tan rico que se compró un edificio entero para darle una casa a su familia, pero luego, como había tanto ruido y bullicio se iba a un hotel que había enfrente de su casa para poder componer a gusto. Tenía alquilada la suite principal todo el año. 


Sin embargo, todo empezó a tambalearse a comienzos de 1937, cuando comenzó a experimentar dolor de cabeza, mareos y desmayos. Los análisis no revelaron ninguna causa aparente, pero el dolor de cabeza se incrementó con mayor frecuencia y severidad hasta que el 9 de julio Gershwin colapsó en un estado de coma y le fue diagnosticado un tumor cerebral. La Casa Blanca envió dos destructores para que trajeran de su yate, en la Bahía de Chesapeake donde se encontraba de vacaciones, a uno de los más prominentes especialistas de cerebros. Con el tiempo necesario, el Dr. Dandy alcanzó el aeropuerto Newark en su camino a Hollywood; sin embargo, los cirujanos locales decidieron que era necesario operarlo y comenzaron antes de que llegara. Gershwin nunca se despertó de su coma y falleció el 11 de julio de 1937, a dos meses y medio de cumplir los 39 años, silenciando prematuramente a una de las voces musicales estadounidenses más frescas y creativas. El novelista John O’Hara resumió la actitud de muchos estadounidenses, quienes se rehusaron a creer que Gershwin hubiera muerto cuando dijo: «No lo creeré si yo no quiero». 

Se encontraba rodando la película The Goldwin follies cuando sufrió el último colapso. La última canción que incluyó (el resto de la banda sonora fue completada por Vernon Duke) es esta deliciosa melodía que escribió en 1930, a la que su hermano Ira puso letra expresamente para una escena del film. A George no le gustó, porque decía que la melodía, que era brahmsiana, merecía mejor texto, pero el caso es que la pieza fue un éxito. Ha sido grabada incluso por artistas clásicas como Te Kanawa o Leontine Price, pero yo sigo prefiriendo la dulzura melosa de la voz de Ella. 

...El amor llegó y, sin decir una palabra, supe que me dijo "hola"...




martes, 26 de mayo de 2020

18. Café con Chet Baker (1929-1988). El autor del peor y el mejor disco de jazz de la historia.








Chet Baker (1929-1988)

-“Chet, ¿Nunca has pensado en escribir tu biografía?, 
-“Sí, sí, de hecho lo empecé a hacer, pero luego pensé: da igual, ¡de todas formas no se lo van a creer…!” 

Si hay unos artistas cuya vida puede resultar increíble son los músicos de jazz. 
Y uno de ellos fue sin duda Chet Baker. 

Es 1969. Chet lleva tres años sin poder tocar debido a una brutal paliza que cinco hombres le propinan en la puerta de su hotel. Sabían lo que hacían: se esmeran en romperle todos los dientes y la mandíbula. Chet debe aprender a tocar desde cero tras la reconstrucción de la boca. Trabaja en una gasolinera y durante algunas temporadas vive en la calle, soportando hambre y frío. Pero no pasa un día en que no toque la trompeta. Incluso había quien pensaba que había muerto, al no tener noticias de él. 

Diez años antes estaba en la cima, abrumado con innumerables premios, no sólo como trompetista, también como el mejor cantante de jazz, por esa voz aterciopelada, íntima, seductora. Las mujeres caían rendidas a sus pies, se le conocía como el “James Dean del jazz”, el galán cautivador, magnético y encantador, pero también el hermoso perdedor, el paciente ingrato, el arrogante manipulador. El desvalido heroinómano. 

Pero ahora tiene que tocar de otra manera, ayudado por Dizzy Gillespie encuentra un toque más serio impregnado de una cruda desesperanza. Entonces se decide a volver al estudio de grabación. 

Quizá demasiado pronto… Así el que nació el que para los entendidos es el peor disco de jazz de la historia, o al menos uno de ellos. Lleno de instrumentos añadidos sin ton ni son, quizá para camuflar el decepcionante sonido de la trompeta. En este tema incluso parece que suena el organillo de un videojuego de los ochenta. 

Pero, sin embargo, y como siempre pasa con Chet, en algún momento te corta la respiración y te hace girar la cabeza, sorprendido en algún pasaje. 

Pero hoy no os voy a poner este disco de 1969, sino uno de los últimos, un año antes de que el 13 de mayo de 1988, acabara tirándose por la ventana del hotel Pris Hendrik en Ámsterdam, tras consumir speed-ball (mezcla de cocaína y heroína). Tenía 59 años. 
Sigo sin explicarme como mentes tan extraordinarias pueden sucumbir a las drogas. "Llegar a lo más alto. Revolucionar la música jazz. No soportar la presión. Perder la fe. Autodestruirse". 

El talento desperdiciado, la ruina recogida entre drogas, golpes, arrestos, deportaciones. A pesar de eso, deja casi cien discos grabados. Casi todos de un altísimo nivel. 

Fue en 1987 cuando Chet, consumido por las drogas pero en plena forma en lo musical, cantó “Almost blue” en un inolvidable concierto en Tokio, y consiguió, con unas pocas notas de trompeta y una voz frágil y sugerente, siete minutos de éxtasis sonoro, inigualable. Jamás nadie volverá a interpretar este tema que Elvis Costello escribió en 1982 de esta manera. 
Jamás.

domingo, 24 de mayo de 2020

17. Café con Hupfeld en Casablanca.





El tiempo pasará… y a medida que pasa vamos valorando cosas diferentes, pero otras permanecen siempre inmutables. 

Esta es una de mis películas favoritas y de ella salen dos de las citas que más me gustan: Una para vosotros “Presiento que este es el comienzo de una hermosa amistad”, y otra privada “Siempre nos quedará París”. 

El autor de la banda sonora, Max Steiner quería hacer toda la música y pidió reemplazar la pieza que tocaba Sam en la obra teatral en la que se basaba la película. Pero Ingrid Bergman (la actriz) conocía la canción y le gustaba mucho y no quiso que se cambiara, así que, por suerte para nosotros, esta icónica canción, compuesta en 1931 por Herman Hupfeld y casi desconocida en aquel momento, ha permanecido para nuestro deleite. 

El actor que encarna a Sam (el pianista) era Dooley Wilson, que era cantante y batería, pero no pianista: no sabía tocar el piano; fue Elliot Carpenter el encargado de tocar el piano en realidad, mientras que Dooley lo veía y realizaba movimientos parecidos. En la escena, la música suena en un tocadiscos (casi no se nota, jeje) y así fue como, moviendo las manos y los labios en un estupendo playback, acabó siendo el inolvidable Sam, el pianista de Casablanca… 

Supongo que sabéis que Rick nunca pronunció las famosas frases de “tócala otra vez, Sam”. Esa frase se hizo famosa al utilizarla Woddy Allen como título original de la película que en español se tituló “Sueños de un seductor”, cambiando hábilmente las palabras para evitar los derechos de autor. 

Según American Film Institute se ha convertido en la segunda canción más popular en la historia del cine (después de “Over de Rainbow” en la voz de Judy Garland, aunque no estoy muy seguro de que Celine Dion y su “Titanic” estén muy de acuerdo) 

Esta película que me tiene fascinado por el glamour exótico que desprende. 

Además la letra me parece muy adecuada para la situación actual: 

“Debes recordar esto: Un beso es aún un beso, un suspiro es sólo un suspiro. 
Las cosas fundamentales se entienden a medida que pasa el tiempo. 
Y cuando dos amantes se comprometen aún dicen: 'Te amo'. 
En eso puedes confiar, no importa lo que el futuro trae, a medida que pasa el tiempo. 
La luz de la luna y Las canciones de amor, nunca están pasadas de moda. 
Los corazones llenos de pasión, celos y odio. 
Es aún la misma vieja historia, una lucha por el amor y la gloria, un caso de hacer o morir. 
El mundo siempre dará la bienvenida a los amantes, a medida que pasa el tiempo.” 



Os dejo la versión cinematográfica y una versión interpretada por mí. Espero que os gusten ambas.
Cuidaos mucho.


viernes, 22 de mayo de 2020

16. Café sorpresa con Carlos Gardel.

Esta melodía la reconoceréis en seguida.

Él no lo sabía, pero aquella iba a ser su última película. Llevaba varios años en Nueva York y andaba terminando el rodaje de la película Tango Bar (1935). Le faltaba la melodía para la letra que se cantaría durante la carrera de caballos. La letra, de Alfredo LePera jugaba con las expresiones de las apuestas para darle un significado en el juego del amor, pero Carlos no terminaba de dar con una melodía pegadiza. Entonces, una noche, a las tres de la mañana sonó el teléfono del arreglista Terig Tucci: al aparato sonó la voz alterada, eufórica de Gardel: “Che viejo, tengo una melodía para el tango “Por una cabeza”. Y se la cantó por teléfono, pero, tal vez porque estaba medio dormido a Tucci no le pareció nada fuera de lo común. Entonces Carlos insistió “Mira, Beethoven, vos te quedás con tus corcheas y semifusas; pero no te metas conmigo en asuntos de "matungos". 

Y no le faltaba razón, la melodía era tan pegadiza que aparece en varias escenas de la película incluyendo los créditos. No imaginaba Carlos Gardel que aquella melodía se convertiría en una de las más famosas de toda su producción, rivalizando, por arte del cine, con su maravilloso “El día que me quieras”. 

Aquí me tenéis jugando con el piano, sólo la melodía y los acordes, nada de florituras. 



miércoles, 20 de mayo de 2020

15. Café con Lester y Billie.










El otro día hablábamos de Billie Holliday y mencioné de pasada que su gran amor no correspondido fue Lester Young. Hoy os contaré su historia: 

Cuando la banda de Count Basie llegó a Nueva York, su saxofonista, Lester Young, se fue a vivir a la casa de la madre de Billie Holiday en Harlem. Inmediatamente surgió la complicidad entre ellos, una compenetración que iba más allá del amor. Ella de voz rota y él de suave terciopelo en el saxofón parecía calmar el dolor que ella expresaba en cada nota. Allí él la bautizó como “Lady Day” por su elegancia y ella a él como “Pres” por considerarle el presidente del saxofón. Durante algunos años actuaron juntos y grabaron cerca de 30 discos, pero, a pesar de su cariño y afinidad, Lester y Billie nunca fueron pareja. Después llegó la guerra, las drogas, la cárcel y sus caminos se separaron. 

Hasta que el 8 de diciembre de 1.957, casi veinte años después, en los estudios de la CBS fueron invitados a la grabación de un programa especial: The sound of jazz. 

En una de las actuaciones se encontraron de nuevo Billie y Lester. No se hablan desde hace años y durante los ensayos no se dirigen la mirada, se evitan. Billie canta el blues “Fine and Mellow”. Y entonces llegó el turno de Lester. 

Antes siempre hacía los solos de pie, a pesar de que en Kansas City el espacio era tan reducido que tenía que tocar con el saxofón inclinado 45 grados, inclinación que se convertiría en leyenda y que seguro que todos la visualizáis cuando pensáis en un saxofonista de jazz. Ahora es evidente que está enfermo, y a duras penas logra levantarse de la silla. El solo de “Pres” es un emocionado mensaje de amor, tristeza y melancolía. Lady Day contempla a su antiguo amigo y su rostro, que las cámaras no pueden dejar de enfocar, se ilumina y sonríe, y nos muestra el recuerdo que atesora, de complicidad y cariño, de una nostalgia infinita. Tal vez fue el último, tal vez el único momento de felicidad en la vida de Billie Holliday. 

Quince meses después, en marzo del 59, Lester murió y en el camino al funeral Billie Holiday dijo que pensaba que sería la próxima. Y así fue, murió menos de cuatro meses después. 

Fijaos la energía con la que comienza a tocar Coleman Hawkin a los cincuenta segundos y con qué suavidad entra Lester Young (a partir del minuto 1,30) y cómo le cambia la cara a Billie. Es un momento maravilloso, que pone la piel de gallina. Imposible no sobrecogerse al pensar en lo que habían vivido. 


viernes, 15 de mayo de 2020

14. Café con Billie Holiday /1915-1959). La voz más desgarradora del jazz.











Su madre trabajaba como criada en una casa de blancos, y cuando se enteraron de que estaba embarazada la echaron. Sin dinero ni sitio a donde ir tuvo que llegar a un acuerdo con la directora del hospital para que la dejaran dar a luz. Debía limpiar los suelos y ayudar a las otras parturientas mientras estuviera allí. Así fue como el 7 de abril de 1915, con 13 años, dio a luz a un niñita que con el tiempo se convertiría en una de las intérpretes de jazz más admiradas de la historia por su increíble pasión y estilo al cantar. Su nombre era Eleanora Fagan, aunque sería conocida como Billie Holiday. Ni al nacer ni al morir tuvo un paso digno por el hospital. Poco se sabe con certeza de su vida, ya que la autobiografía que dictó en 1956 parece un poco fantasiosa. Su mala suerte la traspasa incluso a los que se le acercan: una admiradora suya, Linda Kuehl, escribió un libro sobre ella en los años 70, pero la editorial se negó a publicarlo, así que se desesperó y se suicidó en 1979, tras ir a un concierto de Count Basie, el antiguo jefe de Billie… 

Su vida estuvo marcada por la tragedia desde el mismo comienzo, abandonada por sus padres a corta edad, la cuidan sus abuelos que la maltratan, tiene que trabajar desde los 10 años en lo que puede. Después vinieron acusaciones de prostitución, reformatorios, alcohol, drogas, racismo, cárcel, desengaños amorosos, rehabilitación y, finalmente la muerte, por una infección renal a los 44 años, esposada y acusada de consumir heroína mientras agonizaba casi abandonada en un hospital. 

Comenzó a cantar en un bar a los 13 años y fue ahí donde decidió cambiarse el nombre. A los 16 la escucha Benny Goodman que le propone grabar un disco, y poco después conoce a Lester Young su gran amor no correspondido (esta historia la contaré en el próximo café, el lunes)

Cantó como nadie a la tristeza, que conocía tan de cerca, y su desgarradora voz, inspirada en Bessi Smith y la trompeta de Armstrong, hizo que canciones aparentemente insulsas como “Strange fruit” fueran consideradas la mejor canción del siglo XX por la revista en 1999.
La primera vez que se interpretó "Strange fruit" en un garito nadie aplaudió. Segundos antes de terminar la canción, cuando la intérprete pronunciaba las dolientes últimas palabras (“esta es una extraña y amarga cosecha”), las luces del Café Society neoyorquino, con capacidad para 200 personas, se apagaron. Instantes después se encendieron, pero la cantante había desaparecido. Billie estaba vomitando en el pequeño aseo del local, sobrecogida después de su estremecedora interpretación. Los espectadores intentaban recuperar el aliento tras asistir a aquella desgarrada actuación. Fue una pieza breve, solo tres minutos que cambiaron para siempre la historia del jazz. 
Era 1939 y Billie Holiday ya había hecho de su voz un lamento vocal con una hondura emocional mágica, con una sensibilidad en el fraseo realmente única e irrepetible. Se dice que nadie como ella pronunciaba con tanta emoción desgarrada las palabras "love" o "baby". Fijaos en esta increíble interpretación de esa canción Strange fruit. 


miércoles, 13 de mayo de 2020

13. Café con Jerome Kern (1885-1945)












En ocasiones la vida te da una segunda oportunidad. Hay quien la aprovecha y hay quien sigue desperdiciando su vida. 

Así le sucedió a Jerome Kern. 

Cuando tenía 30 años, debía viajar desde Nueva York a Londres con su empresario y editor, pero aquella noche estuvo jugando al póker hasta la madrugada y se quedó dormido. De haber sido más formal, probablemente también hubiera muerto en el hundimiento del Lusitania, en 1915, pero el destino quiso que Jerome Kern siguiera viviendo y componiendo inolvidables canciones para musicales y películas, cosechando éxitos y premios, incluso después de su muerte, el 11 de noviembre de 1945. Para entonces ya había compuesto más de 700 canciones y más de 100 partituras completas para programas de televisión, radio y cine.  

Uno de sus temas más famosos es la maravillosa canción “The way you look tonight”, que compuso para la película de 1936, Swing Time, originalmente interpretada por Fred Astaire y con la que ganó el premio de la Academia a la mejor canción. 

La autora de la letra, Dorothy Fields, confesó más tarde: "La primera vez que Jerry tocó esa melodía para mí, tuve que salir de la habitación y empecé a llorar. La interpretación absolutamente me emocionó. No podía parar, era tan hermosa..."
Espero que a vosotros también os emociones esta delicada canción, en la voz de su primer intérprete, Fred Astaire, aunque también podéis encontrar muchas otras versiones de este inolvidable estandar americano. 


lunes, 11 de mayo de 2020

12. Café con... Prokofiev (1891-1953)





















Él no lo sabía, pero acabó siendo el causante de la locura de Olga Spessivtseva.

Olga estaba perdidamente enamorada de Serge Lifar, uno de los socios y bailarines más cercanos a los Ballets de Diaghilev, con quien había colaborado en el París de los años 20. No era una mujer con la que se pudiera estar tranquilo. Había vivido episodios terribles durante la revolución rusa y le habían quedado secuelas mentales difícilmente aceptables por un amante. Siempre pensaba que la estaban espiando y sufría constantemente paranoia y delirios. Precisamente se había hecho famosa por bailar “Giselle” en 1932, un ballet en el que una joven se vuelve loca de dolor al descubrir que su amante se compromete con otra. Se metió tanto en el papel que decían que no representaba, si no que parecía una verdadera loca bailando, una extensión de su propia existencia. 

En realidad esa historia creyó haberla vivido dos años antes y casi le cuesta la vida. 

Ocurrió durante la preparación del Ballet “En el Dnieper” de Prokofiev en el que las dos heroínas se llaman precisamente Natasha y Olga, y el protagonista masculino se llamaba Serge. Sin pensar mucho en la trama y los sentimientos que flotaban, a Olga se le asignó el papel de Olga, mientras que el joven protagonista fue asignado a Lifar. La crisis vino cuando, en uno de los ensayos Olga Spessivtseva de repente cree que, aunque su papel era el más importante, no era con ella sino con Natasha con quien el protagonista iba a encontrar la felicidad. Eso no era cierto, pues al final, los amantes son ayudados y logran escapar del pueblo. Pero Olga no escuchó a nadie y en ese mismo momento, en mitad del ensayo, pareció enloquecer de celos y se dirigió entre gritos hacia la ventana desde la que se arrojó. Menos mal que Lifar estuvo ágil y la agarró del brazo antes de que cayera. 
Y allí encontraron sus miradas, con Olga suspendida a diez metros sobre la Place Charles-Garnier, una mirada de odio y desesperación en ella, una mirada de desconcierto y horror en él. Fue sólo un instante pues en seguida llegó el pianista Leonide Gontcharov y le ayudó a subirla entre sacudidas, arañazos y mordeduras para intentar liberarse. 

Al día siguiente no apareció en el ensayo y no volvió por la ópera de París. Aún siguió bailando unos años más aunque no dejaba de sufrir crisis desde 1934 hasta que en 1943 sufrió un ataque de nervios en un hotel de Estados Unidos y fue ingresada en un manicomio. Para entonces ya casi nadie la reconocía y los médicos la tomaban por loca cuando decía que era una famosa bailarina de fama mundial. Allí permaneció hasta que su mente fue recobrando algo de normalidad y diez años después pudo salir para acabar sus días como una anciana adorable falleciendo en Nueva York en septiembre de 1991. Tenía 96 años.

No llegó a estrenar el ballet “En el Dnieper”, pero pareciera que fuera en ella en quien pensaba Prokofiev para escribir escenas tan irresistibles, hermosas e inquietantes como ésta.



jueves, 7 de mayo de 2020

11. Café con... Robert Leroy Johnson (1911-1938)







Robert Johnson es conocido por la leyenda que dice que pactó con el diablo y por ser el primero de una larga lista de artistas que murieron con 27 años: la maldición de los 27 años...

Un problema de la vista fue la excusa perfecta para que abandonara los estudios y se centrara en la música, en la que era mas bien mediocre. 

En 1929 encontró la estabilidad junto a Virginia Travis, con la que se casó. Ella quedó embarazada y por primera vez aparecía la felicidad en su vida, pero en abril de 1930 Virginia murió en el parto junto al bebé. Ella tenía sólamente16 años. 

La vida de Robert dio un vuelco y refugió su tristeza en el blues, y comenzó a viajar siguiendo a los grandes del blues y tocando sin ningún éxito. Cuando regresó a su ciudad natal sus amigos comenzaron a sospechar algo raro, ya que Robert, que nunca había sido buen músico, comienza a tocar con una ejecución perfecta que recibe la admiración de grandes figuras de la época, y consideran que tocar así de repente no puede ser otra cosa que fruto de un pacto con el diablo. 

La leyenda dice que Robert Johnson vendió su alma al diablo en el cruce de la actual autopista 61 con la 49 en Clarksdale (Missisipi), a cambio de tocar blues mejor que nadie. Esperó en el cruce de caminos hasta medianoche, con la guitarra en la mano, hasta que el diablo se la devolvió, y las manos de Robert solo tenían que deslizarse por el mástil para interpretar el mejor blues de la historia. 

Robert tocó por todo el sur de Estados Unidos. Nunca se quedaba en el mismo lugar, como si huyera constantemente. La letra de las canciones trataba sobre desesperación religiosa y demonios interiores, y dos de sus mayores exitos hacían referencia a su supuesto pacto. En uno de estos conciertos fue descubierto por un promotor musical, y entre noviembre de 1936 y junio de 1937, grabó 29 canciones, algunas con dos tomas, que junto con dos fotografías, son el único testimonio de su paso por este mundo. Tocaba con una guitarra medio destruida mirando a la pared. Se rumoreaba que era para que no se le vieran los ojos poseídos al cantar. Su leyend aumentaba y contaban hechos extraordinarios, como que tras una tarde de charla con la radio de fondo, era capaz al día siguiente de reproducir cada canción por orden y nota por nota. 

Pero aquel 13 de agosto de 1938, en Greenwood, Carolina del Sur, el diablo se cobró su supuesta deuda. 

No se le ocurrió otra cosa que seducir a la mujer del dueño del local donde tocaba esa noche, el “Three Forks” y le dieron una botella de whisky abierta. Le advirtieron que nunca bebiera de una botella abierta, pero Robert se enfadó y le trajeron otra botella también abierta de la que bebió. 

En mitad del concierto, Robert dejó de cantar, dejó su guitarra a un lado y salió a la calle. Los tres días que siguieron estuvo delirando hasta que murió envenenado por la estricnina que contenía la botella de whisky el 16 de agosto, con 27 años, los mismos que extrañamente tenían al morir otras grandes leyendas de la música como Jim Morrison, Jimmy Hendrix, Janis Joplin y Kurt Cobain. 

En “Me and ther Devil blues”, pedía ser enterrado a un lado de la carretera: “You may bury my body Down the highway side”, pero existen tres tumbas que supuestamente contienen sus restos. 

Leyenda, mito o realidad, o quizás algo de las tres, hicieron de Robert el mejor bluesman de la historia, contándose entre los cinco mejores guitarristas de todos los tiempos. Algunos de los otros cuatro han hecho curiosamente versiones de sus canciones como Eric Clapton, o Keith Richards, de los Rolling Stones, quien, tras escuchar a Robert Johnson por primera vez, enseguida quiso saber quien era el otro guitarrista, ¡Richards no podía creer que fuese una sola persona el que tocaba!. Cincuenta años después de su muerte, en 1988 una reedición de todas sus grabaciones fue disco de oro y consiguió un premio Grammy. 

Seguro que más de un músico vendería su alma por conseguir algo parecido.


lunes, 4 de mayo de 2020

10. Café con Francisco Tárrega (1856-1909)







Francisco tendría cinco años cuando tuvo aquel accidente. Como cada día estaba al cuidado de una joven niñera que estaba encaprichada con un apuesto militar. No se sabe con certeza lo que pasó pero parece que aquel día ella quiso ver al mozo y se lo llevó al campo donde lo dejó jugando solo. Cuando se quiso dar cuenta el pequeño había caído a una acequia y a punto estuvo de morir ahogado de no ser por la rápida reacción del soldado que lo salvó cuando ya iba arrastrado por la corriente. Otros dicen con cierta maldad que la joven, harta de escuchar llorar al niño lo lanzó a propósito a la acequia y que un vecino lo vio y lo salvó. El caso es que a la joven ya no se la volvió a ver por el pueblo. 
Por desgracia para Francisco, contrajo una enfermedad que lo dejó casi completamente ciego y su padre, pensando de qué modo aquel niño podría ganarse la vida si llegaba a quedar completamente ciego (cosa que no llegó a suceder) cuando ellos faltaran, decidió acertadamente que la música podría serle de utilidad. Así empezó a pagarle unas clases de guitarra que resultaron muy provechosas ya que al pequeño le gustaba mucho aquel sonido aterciopelado que salía del instrumento y pronto comenzó a dar muestras de genialidad. Por cierto que sus dos primeros profesores también eran ciegos, el primero se ganaba la vida tocando por la calle pidiendo limosna, y el segundo fue su primer maestro de conservatorio don Eugenio Ruiz. 
Para colmo de desgracias, su madre falleció cuando tenía 10 años, por lo que pasó el resto de su infancia entre clases y conciertos. 

El caso es que ciento cincuenta años después sus obras siguen siendo algunas de las preferidas por los guitarristas clásicos de todo el mundo. Como la obra que hoy os propongo, su “Recuerdos de la Alhambra”, que escribió en 1897, durante su estancia en nuestra capital, tratando de llevar al mundo de los sonidos las sensaciones que había sentido al visitar los maravillos jardines y los palacios del conjunto monumental. Fíjate cómo la melodía parece temblar de emoción, al ser tocada por los tres dedos centrales de la mano, eso es lo que se llama “Trémolo” y que puso de moda este extraordinario guitarrista valenciano.

Ya sería para nota que te dieras cuenta de cómo la melodía empieza en modo menor con aire nostálgico por abandonar la ciudad, pero luego se repite en modo mayor hacia la mitad de la obra (minuto 1’52’’) indicando la felicidad que lo rodeaba frente a tanta belleza y luminosidad típica de Granada. 

Como curiosidad os diré que la sintonía de los móviles Nokia, muy famosa hace diez años, estaba basada en un vals de Tárrega. Otra curiosidad es que poco después de escribir los Recuerdos decidió cortarse las uñas para tener que tocar con las yemas de los dedos y conseguir así ese sonido dulce y aterciopelado tan característico en sus interpretaciones.
Os dejo esta versión de sus Recuerdos de la Alhambra en una bonita interpretación de David Russell, muy limpia, clara y emocionante.
Espero que os guste.