lunes, 4 de mayo de 2020

10. Café con Francisco Tárrega (1856-1909)







Francisco tendría cinco años cuando tuvo aquel accidente. Como cada día estaba al cuidado de una joven niñera que estaba encaprichada con un apuesto militar. No se sabe con certeza lo que pasó pero parece que aquel día ella quiso ver al mozo y se lo llevó al campo donde lo dejó jugando solo. Cuando se quiso dar cuenta el pequeño había caído a una acequia y a punto estuvo de morir ahogado de no ser por la rápida reacción del soldado que lo salvó cuando ya iba arrastrado por la corriente. Otros dicen con cierta maldad que la joven, harta de escuchar llorar al niño lo lanzó a propósito a la acequia y que un vecino lo vio y lo salvó. El caso es que a la joven ya no se la volvió a ver por el pueblo. 
Por desgracia para Francisco, contrajo una enfermedad que lo dejó casi completamente ciego y su padre, pensando de qué modo aquel niño podría ganarse la vida si llegaba a quedar completamente ciego (cosa que no llegó a suceder) cuando ellos faltaran, decidió acertadamente que la música podría serle de utilidad. Así empezó a pagarle unas clases de guitarra que resultaron muy provechosas ya que al pequeño le gustaba mucho aquel sonido aterciopelado que salía del instrumento y pronto comenzó a dar muestras de genialidad. Por cierto que sus dos primeros profesores también eran ciegos, el primero se ganaba la vida tocando por la calle pidiendo limosna, y el segundo fue su primer maestro de conservatorio don Eugenio Ruiz. 
Para colmo de desgracias, su madre falleció cuando tenía 10 años, por lo que pasó el resto de su infancia entre clases y conciertos. 

El caso es que ciento cincuenta años después sus obras siguen siendo algunas de las preferidas por los guitarristas clásicos de todo el mundo. Como la obra que hoy os propongo, su “Recuerdos de la Alhambra”, que escribió en 1897, durante su estancia en nuestra capital, tratando de llevar al mundo de los sonidos las sensaciones que había sentido al visitar los maravillos jardines y los palacios del conjunto monumental. Fíjate cómo la melodía parece temblar de emoción, al ser tocada por los tres dedos centrales de la mano, eso es lo que se llama “Trémolo” y que puso de moda este extraordinario guitarrista valenciano.

Ya sería para nota que te dieras cuenta de cómo la melodía empieza en modo menor con aire nostálgico por abandonar la ciudad, pero luego se repite en modo mayor hacia la mitad de la obra (minuto 1’52’’) indicando la felicidad que lo rodeaba frente a tanta belleza y luminosidad típica de Granada. 

Como curiosidad os diré que la sintonía de los móviles Nokia, muy famosa hace diez años, estaba basada en un vals de Tárrega. Otra curiosidad es que poco después de escribir los Recuerdos decidió cortarse las uñas para tener que tocar con las yemas de los dedos y conseguir así ese sonido dulce y aterciopelado tan característico en sus interpretaciones.
Os dejo esta versión de sus Recuerdos de la Alhambra en una bonita interpretación de David Russell, muy limpia, clara y emocionante.
Espero que os guste. 



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