lunes, 11 de mayo de 2020

12. Café con... Prokofiev (1891-1953)





















Él no lo sabía, pero acabó siendo el causante de la locura de Olga Spessivtseva.

Olga estaba perdidamente enamorada de Serge Lifar, uno de los socios y bailarines más cercanos a los Ballets de Diaghilev, con quien había colaborado en el París de los años 20. No era una mujer con la que se pudiera estar tranquilo. Había vivido episodios terribles durante la revolución rusa y le habían quedado secuelas mentales difícilmente aceptables por un amante. Siempre pensaba que la estaban espiando y sufría constantemente paranoia y delirios. Precisamente se había hecho famosa por bailar “Giselle” en 1932, un ballet en el que una joven se vuelve loca de dolor al descubrir que su amante se compromete con otra. Se metió tanto en el papel que decían que no representaba, si no que parecía una verdadera loca bailando, una extensión de su propia existencia. 

En realidad esa historia creyó haberla vivido dos años antes y casi le cuesta la vida. 

Ocurrió durante la preparación del Ballet “En el Dnieper” de Prokofiev en el que las dos heroínas se llaman precisamente Natasha y Olga, y el protagonista masculino se llamaba Serge. Sin pensar mucho en la trama y los sentimientos que flotaban, a Olga se le asignó el papel de Olga, mientras que el joven protagonista fue asignado a Lifar. La crisis vino cuando, en uno de los ensayos Olga Spessivtseva de repente cree que, aunque su papel era el más importante, no era con ella sino con Natasha con quien el protagonista iba a encontrar la felicidad. Eso no era cierto, pues al final, los amantes son ayudados y logran escapar del pueblo. Pero Olga no escuchó a nadie y en ese mismo momento, en mitad del ensayo, pareció enloquecer de celos y se dirigió entre gritos hacia la ventana desde la que se arrojó. Menos mal que Lifar estuvo ágil y la agarró del brazo antes de que cayera. 
Y allí encontraron sus miradas, con Olga suspendida a diez metros sobre la Place Charles-Garnier, una mirada de odio y desesperación en ella, una mirada de desconcierto y horror en él. Fue sólo un instante pues en seguida llegó el pianista Leonide Gontcharov y le ayudó a subirla entre sacudidas, arañazos y mordeduras para intentar liberarse. 

Al día siguiente no apareció en el ensayo y no volvió por la ópera de París. Aún siguió bailando unos años más aunque no dejaba de sufrir crisis desde 1934 hasta que en 1943 sufrió un ataque de nervios en un hotel de Estados Unidos y fue ingresada en un manicomio. Para entonces ya casi nadie la reconocía y los médicos la tomaban por loca cuando decía que era una famosa bailarina de fama mundial. Allí permaneció hasta que su mente fue recobrando algo de normalidad y diez años después pudo salir para acabar sus días como una anciana adorable falleciendo en Nueva York en septiembre de 1991. Tenía 96 años.

No llegó a estrenar el ballet “En el Dnieper”, pero pareciera que fuera en ella en quien pensaba Prokofiev para escribir escenas tan irresistibles, hermosas e inquietantes como ésta.



No hay comentarios:

Publicar un comentario

Muchas gracias por tus comentarios. Los reviso. Cuídate.